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¿Cuándo se hace uno ateo?

Nací en una familia católica. Estudié durante 11 años a un colegio jesuita y cada semana tuve que asistir a la misa. En cada ocasión, el cura me recordaba cuánto me querían Dios y la Virgen, cuánto había sufrido Jesús por mí, cuánto debía amar a mi prójimo, lo orgullosos que debíamos estar por ser portadores del legado de San Ignacio de Loyola, para hacia el final de la misa cantar el Padre Nuestro con la melodía de The Sounds of Silence the Simon & Garfunkel.

Fui bautizado, hice la primera comunión, la confirmación, me casé por la Iglesia y… Soy ateo.

Para algunos, ser ateo es lo más natural del mundo. Quizás sus padres ya lo eran, quizás la religión nunca les importó demasiado o quizás, algo en sus vidas les hizo cambiar de golpe su postura respecto a la existencia de Dios. Para otros, como yo, el proceso para convertirnos en ateos es largo, complicado y plantea un conflicto existencial importante.

Pero en este post quiero centrarme en ese momento ¡Eureka!, ese momento en el que la Providencia te propina un rabioso puñetazo en la nuca, despiertas de tu letargo de años y gritas lleno de gozo celestial: “¡Carajo, sí! ¡Soy ateo!”.

Bueno, no, no lo gritas de verdad.

Por vicisitudes de la vida, trabajé en una fundación que formaba parte de la orden de los Legionarios de Cristo. No me sentía cómodo al principio, pero la necesidad es la necesidad y debo decir que en un comienzo, los curas ni se asomaban por ahí. El descubrimiento de los crímenes de Marcial Maciel, el padre fundador de la orden, era cosa reciente y obviamente sus sucesores querían mantener un perfil más bien bajo hasta que pasara el chaparrón.

En la fundación poco se hablaba de Dios. Sí, había varias personas muy católicas, pero también éramos unos cuantos los ateos, agnósticos o católicos no practicantes que trabajábamos en el lugar sin ser cuestionados. Nuestros usuarios eran de todas las etnias y religiones que uno puede encontrar en las calles de Madrid. Todo esto proporcionaba cierto alivio a mis inquietudes laborales.

Pero a medida que pasaba el tiempo y la gente olvidaba las pillerías de Maciel, los curas empezaron a aparecer con frecuencia en la oficina. Un buen día, nuestro director nos anuncia dichoso que ahora tenemos un edecán que vendrá una vez a la semana a conversar con los empleados, que aquello era una oportunidad de crecimiento independientemente de nuestro credo. Era algo así como unas sesiones de coaching piadoso que ayudarían a mantener el espíritu del equipo en alto.

Traté de no darle mucha importancia. Yo iba a lo mío y no me presentaba jamás en las reuniones. Por lo que pude saber por compañeros, los encuentros eran bastante pesados y, más que un alivio al estrés laboral, eran una piedra con la que se tropezaban cada semana, entorpeciendo su trabajo.

Pero cierto día, nuestro director insiste en que asistamos todos a la reunión semanal con el Padre. La duda me invade. “¿Irán a decir algo importante? ¿Alguna cosa que mejor escucho directamente? ¿Llevará el director un cuadernito de anotaciones, como San Pedro, en el que marca todas nuestras faltas?”. Decido que lo mejor es entrar pensando que, inclusive, puede que consiga material para Preguntas Incómodas.

Lo cierto es que las reuniones son peores de lo imaginado. Nuestro edecán se dedica a despotricar de los judíos por no saber interpretar La Palabra, de los musulmanes por creer que lo que dice el Corán es, La Palabra, para luego se lanzar una perorata de una hora explicando que la Biblia, esa, esa sí que es La Palabra y que la Santa Iglesia sí que sabe de qué va aquello.

Abatido, me entrego al tedio. Un cura de verbo pesado y la Biblia nunca han sido buena combinación. Sin embargo, el padre comienza a exaltarse cuando cita a aquellos que cuestionan su fe. Llega entonces el momento ¡Eureka!, el momento “¡Carajo, sí!”. Ante mis propios ojos, atónitos, el páter escupe frente a su rebaño la falacia de razonamiento circular.

Para ponernos en contexto, quienes no somos creyentes aseguramos que los creyentes cimientan su fe en esta falacia: “¿Cómo sabes que Dios existe? Porque la Biblia lo dice. ¿Cómo sabes que la Biblia es verdad? Porque es la palabra de Dios. Touché

Siempre pensé que la falacia de razonamiento circular era una exageración, una caricaturización de los creyentes. Que si entre ellos encontramos a complejísimos pensadores como Tomás de Aquino, ningún sacerdote medianamente educado caería en semejante chaborrada intelectual.

Pero ahí estaba nuestro buen edecán, dándole manotazos a su Biblia y diciendo, “¿Qué cómo sé que nuestra fe es verdadera? ¡Porque lo pone aquí!”. ¡Alabado sea Dios! ¡Aleluya!. Todos los debates, las dudas, los conflictos existenciales de la humanidad, todas las preguntas respondidas en ese maravilloso instante de irracionalidad pura.

Pero el milagro todavía no estaba completo. El padre abre entonces una ronda de preguntas para que su rebaño plantee cualquier duda teológica. Uno de nuestros compañeros, muy creyente, alza la mano: “Padre, a mi por ejemplo me gusta el tema de la Evolución”. Me digo a mi mismo, “Ay, coño…” Continúa el compañero, “¿dónde quedan Adán y Eva, si por ejemplo, el australopithecus tiene 2 millones de años.”

Aunque la pregunta del compañero parece una puya lanzada por el mismísimo Richard Dawkins en uno de esos sanguinarios debates de Creacionistas Vs Evolucionistas, en realidad reflejaba una mezcla de ingenuidad y angustia. Angustia porque era obvio que, en el fondo de su ser, quería creer pero lo que decía La Biblia chocaba con la razón. Ingenuidad porque esperaba que el padre le respondiera algo con sentido.

En ese momento, recuerdo entonces a mis queridos jesuitas. Me dijeron en el colegio, “mire, hijo, lo de Adán y Eva es simbólico. Usted crea en Jesús y ya está”. Pero el Legionario, en este caso, es un pésimo púgil y, acorralado contra las cuerdas, no halla qué hacer. Después de un intercambio de pareceres ilógicos, el sacerdote se niega a aceptar la derrota y lanza un gancho desesperado: “Adán y Eva están fuera del tiempo”, afirma categórico. Sí, y también Raskolnikov, Hamlet, Mickey Mouse y cualquier personaje de ficción creado por el hombre.

Al salir de la reunión, nos dirigimos todos a comer. El resto de los compañeros, a quienes consideraba creyentes pero sensatos, y que por alguna razón imaginaba tan atribulados como yo por lo presenciado, me dan otra sorpresa cuando les escucho hablar del diálogo entre el cura y nuestro compañero. Parecían fascinados con la altura intelectual del encuentro y hasta les escucho decir, “¡Caramba! Pero que interesante. Nunca había pensado en como encajaba lo de Adán y Eva con la Evolución”. Y yo, atónito.

¿Cómo era posible que mis compañeros de trabajo, universitarios todos, creyentes mas no fanáticos y habitantes de un país desarrollado dieran un mínimo de crédito a las palabras del cura? ¿Cómo puede alguien pensar que Darwin y el mito de la Creación son compatibles de alguna manera?

Un par de horas antes de todo aquello me consideraba agnóstico. No creía en Dios, pero no sentía que podía descartar su existencia. Sin embargo, bastó este encuentro para convencerme de que no hay ninguna razón lógica ni sensata para creer que un ser superior creó este mundo. Un mundo el que seres supuestamente racionales hacen todo tipo de maromas mentales para poder encontrar a ese ser superior.

Solo una quimera puede ser la fuente de todo eso.


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