Una Biblia, un pelo, un milagro. Solo necesitas eso para curar el coronavirus. Y claro, no olvides hervir el pelo en agua y beberte la “infusión”.

Me pregunto cómo demonios llegó a esta conclusión la influencer colombiana Paola Aristizábal, autora del último delirio religioso. Qué clase de cataclismo neurológico aconteció en su cerebro para tener la certeza de que un cabello humano, que casualmente encuentras dentro de un libro, pasado por agua a 100 Cº es la cura que necesitas para combatir un virus.

Más aún, si ella cree esto fervorosamente, la pregunta que debería haberse hecho (y seguro no se hizo) es… ¿En qué coño estaba pensando Dios cuando puso a disposición una cura tan extraña?

Ni rezar, ni hacer penitencias, ni peregrinaciones. Ni siquiera prender velas, ni llevar ofrendas. Demostrado está que nada de eso funciona ya. Hace falta algo nuevo. Algo llamativo. Algo que revolucione la forma de conseguir favores de los creyentes. Hace falta… Que alguien en tu casa tenga alopecia y lea la Biblia.

A ver, no voy a generalizar, sé bien que a muchos cristianos lo del pelo en la Biblia les resulta tan absurdo como a mí. Igualmente, en estos días he pensado mucho en todo el tema de la solicitud de favores a Dios y los mecanismos para conseguirlos.

Rezar y tener fe tienen la aprobación plena de cualquier cristiano. Son los métodos infalibles para apelar al favor divino. Pero visto lo visto por este humilde servidor que ha rezado y ha tenido fe, esto a veces funciona y a veces no. ¿Es porque no se reza lo suficiente? ¿Porque no se tiene la cantidad exacta de fe? ¿O porque Dios tiene otro plan? Esto último entiéndase como “no le da la gana”.

Y es que si eres creyente y tú o alguien de tu familia enferma de coronavirus, enfermedad potencialmente mortal como ya hemos visto, comienzas a pedir protección a Dios. ¿Pero qué falló? ¿Por qué Dios no te protegió antes? ¿Ha enviado la enfermedad él mismo? ¿O no la ha enviado él y deja campar al coronavirus a sus anchas?

¿Y qué pasa cuando, dos creyentes enferman, los dos rezan y uno de ellos muere? ¿Por qué Dios salvó a uno al final y no al otro? El misterioso plan divino, ¿no es así? Bueno, ya te digo que si eres el que se murió, vaya mierda de plan.

¿Y por qué rezar sí y hervir pelos en agua no? ¿Por qué una sí la aceptan todos los cristianos y la otra es un delirio de una instagramer con un tornillo flojo? O sea, repetir una serie de palabras específicas una y otra vez hará que Dios diga: “Ese Luisito sí que se sabe sus rezos, mira qué técnica, qué estilo, qué fervor. Mejor mato al que tiene al lado y postergo lo de Luisito para el año que viene. Ya pensaré en otra cosa. Un autobús o incendio servirán”.

Y si Dios a veces tiene otro plan para nosotros, ¿entonces que sentido tiene pedirle nada? Entendamos esto como que ya decidió quién se muere y quién no, independientemente de cuánto recemos. Ahí da igual cuántos padresuestros, tés de pelos y ramazos. El Padre ha decidido.

¿Cambia de opinión algunas veces y otras no? No sé. Parece complicado. Mejor no pedimos nada y lo echamos a suerte.